Antologia-No me llames poeta”, Albora, Buenos Aires, 2001

A MI HIJO

(“No me llames poeta”, Albora, Buenos Aires, 2001.)

Alguien dijo que recuerdas
un niñito de Murillo,
y en verdad que lo pareces
por tu gracia y por tus rizos.
Tienes cabellos castaños,
ensortijados y finos
con algo de oro en las sienes,
como si fuera rocío.
La tez pálida y morena,
negros ojos expresivos
que miran llenos de asombro,
como miran los del niño.
Estabas con tus juguetes,
de pie sobre el ancho piso,
cuando te vi de repente
junto al blanco corderillo;
y al mismo tiempo la imagen
que tuviera en el olvido
apareció viva y fuerte,
tan clara como un prodigio.
Sin perder un solo instante,
entré de un salto al recinto
y trepando como pude
saqué el Cristo de su sitio,
colocándolo a tu lado
según era mi designio.
Y después, en un arranque
de ternura y de cariño,
orgullosa más que nunca
de mi hijo y de mi niño,
exclamé dándote un beso
en ese rostro tan lindo:
‘¡Eres el San Juan Bautista
más delicioso que he visto!’

ANSIEDAD

(“Los días de los días”, Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1969.)

Ansia de estar un día en un puente de mando,
recibir en el rostro el castigo del viento;
sin ninguna arribada, por siempre navegando,
sin dudas ni temores, cansancio o desaliento.

Y no saber siquiera, en qué forma, ni cuándo,
ha de concluir el viaje -en milagro de cuento-;
ni cuándo retornar a éste mi lecho blando,
ni a la antigua ventana, ni al dorado aposento.

Acres de sal los labios, ruda racha en la frente,
perdido el horizonte, sin destino la nave,
sin nada que la guíe, sin nadie que la oriente,
mecida por las olas, columpiada en la cresta,
apenas sobre el mástil las alas de algún ave;
sólo el rumor del mar, y Dios como respuesta.

DESENCANTO

(“Los días de los días”, Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1969.)

Yo quisiera quererte como antes te quería,
y sentirte, como antes, en todo consecuente,
yo quisiera decirte: te quiero, todavía…
y recibirte, al fin, con ánimo sonriente.

Yo quisiera tomar tu mano con la mía,
y llevarlas fraternas, como antes, a mi frente,
guardándote a mi lado, junto a mí, todo el día,
saber que estás conmigo, aunque te halles ausente.

Pero ya no es posible que esta dicha suceda
-desde que el desencanto se apoderó del alma-
y pienso que vivir así tampoco pueda…
porque quiero querer y mi amor se resiste,
porque quiero esperar, cuando no tengo calma,
porque quiero reír y por siempre estoy triste.

ALEJAMIENTO

(“Los días de los días”, Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1969.)

Resultará forzoso el cruel alejamiento
y habrá que decidirse, como lo inevitable,
lo mismo que aceptamos la violencia del viento,
el rugido del mar o el tiempo inexorable.

Habrá que tener ánimo en el fatal momento
para abdicar de todo lo que nos fue agradable,
y saber resignarnos en el recogimiento
con el gesto tranquilo ante lo inapelable.

Los ojos en el cielo, frente al azul del día,
serán dulce consuelo las venturas de otrora
-el hogar de la infancia, juventud, poesía-,
y al alumbrar la luna, al filo de la sombra,
tendré la paz ansiada, y llegará la hora
en que cerca de Dios, tan sólo a Dios se nombra.

TODOS SOPORTAREMOS

(“Los días de los días”, Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1969.)

Todos soportaremos justo castigo, un día,
por incurrir en yerros; mas las vacilaciones
en realizar el bien han de ser todavía
peor escarmentadas que las ruines acciones.

Cuántas veces pudimos servir de compañía;
y, cuántas, elevar piadosas oraciones,
ser apoyo, consuelo o la fraterna guía,
ánimo para el débil, para el triste canciones.

El Señor que lo sabe puede pedirnos cuenta
sobre nuestra desidia y egoísta descuido;
más grave que el exceso que concluye en afrenta
y que muchos errores propios del ser humano
es el bien que no hicimos al no prestar oído
a quien salvado hubiéramos con extender la mano.

HIJOS

(“Libro de estampas”, Editorial Losada, Buenos Aires, 1972.)

Lo sabréis desde ahora -para eso sois mi vida-:
cuando un día me vaya, no será que lo quiera,
así lo habrá dispuesto, en lugar y medida,
el Señor que en lo alto a todos nos espera.

No habrá de serme fácil la última partida,
aunque habré de esforzarme en parecer entera;
pensaré, para el caso, en una despedida
como lo fueron tantas, como una más, cualquiera.

Quedará el corazón, cual ave en su retiro,
aquí, junto a vosotros, para el llamado atento,
que el alma se irá a Dios con el postrer suspiro
-corazón y alma forman la espiritual sustancia-;
y habréis de sonreírme, como antes, en la infancia:
lozanas las mejillas, la cabellera al viento.

HIC ET NUNC

(“Tiempos de la vida”, Emecé Editores, Buenos Aires, 1975.)

Como San Pablo, digo: -Aquí, Señor, y ahora.
No habré de malgastar el tiempo que me diste,
tampoco ha de encontrarme nuevamente la aurora
con las vacilaciones del medroso o el triste.

Ni siquiera con dudas que malogren la hora
-en que, tal vez, para algo supremo me elegiste-,
dilaciones inútiles, excusas y demora,
por cuanto el corazón de sus ansias desiste.

Emprenderé sin más, resuelta, mi tarea,
para llevarla a cabo en el mismo momento:
cotidiana labor, con firme iniciativa
u hogareño trabajo, por humilde que sea.
Y si debo expresar el noble pensamiento,
lo escribiré al instante para que en otros viva.

(Aquí, siempre y ahora, leal a lo que siento.)

VEN, MADRE, A DESCANSAR…

(“No me llames poeta”, Albora, Buenos Aires, 2001.)

Ven, madre, a descansar de todos tus trabajos
hasta el jardín umbroso que cultivo en mis sueños,
a la luz de luciérnagas y áureos escarabajos
y la mágica ayuda de esos seres pequeños,

los gnomos, que se visten con trajes escarlata
y brotan cuando alumbran las primeras estrellas,
que usan zapatitos con hebillas de plata
sin dejar en el musgo la marca de sus huellas.

Cantarán para ti la cigarra y el grillo,
ocultos entre hiedras, glicinas o jazmines.
Y con las hojas muertas haremos un castillo
con muros almenados en oro y amarillo,
hasta que se deshaga por sobre los jardines
(en tanto la cabeza sobre mi hombro inclines).

DIOS EXISTE

(“No me llames poeta”, Albora, Buenos Aires, 2001.)

Dos de la madrugada. En trémula zozobra;
los silencios, vivientes; la oscuridad sin borde;
cuando la fuerza falta y la tristeza sobra,
en soledad infinita para estar más acorde.

De improviso resuena el son de un benteveo
con tono tan alegre que regocija el alma,
y es tal la donosura de su simple gorjeo
que sonrío, infantil, renacida la calma.

Y digo: Dios existe; es El quien me conversa
como a niña medrosa perdida en la espesura,
para que no me queje sintiéndome en olvido.
La breve melodía, al viento se dispersa.
Y me quedo pensando por tierna conjetura:
¿en qué rincón de cielo habrá colgado un nido?

NO LE DIGÁIS

No le digas, Estrella, que de noche suspiro,
ni le cuentes, tampoco, que en el azul navego;
que no sepa que, triste, ni advierto lo que miro
y no se entere nunca del porqué de mi ruego.

No le digas, Jazmín, que tu fragancia aspiro,
recordando su amor para llorarle luego,
y que es entonces sólo cuando amante respiro
y en tu casto perfume encuentro mi sosiego.

Dile Estrella, mejor, que contemplo dichosa
la lumbre de tu luz a mis deseos, fiel.
Dile Jazmín, siquiera, que el lirio y que la rosa
consuelan como tú en el antiguo vaso.
(Y que guarden los dos -sin que lo sepa él-,
el amor que le tuve y que me tuvo, acaso!)

DIRÍA QUE LO QUIERO

(“No me llames poeta”, Albora, Buenos Aires, 2001.)

Diría que lo quiero,
aunque el mundo se opone,
la gente condena
y está vedado por eso que llaman equilibrio.

Diría que lo quiero,
si pudiera romper las ataduras:
respeto -el que me inspira-;
miedo de que la voz resuene en eco;
pudor en que mi pobre discurrir mueva a piedad su espíritu de luz.

Diría que lo quiero,
pese a ese límite impuesto por los hombres;
ley de lo que se debe o no se debe,
frontera imposible.
Y si la traspasara,
¿no entrevería, tal vez, esplendente aurora de vida nueva?
¿No alcanzaría, al fin, la estrella que alumbra mis noches,
a cuya claridad no oso revelarme?
¿No me acunaría ¡loado sea Dios!
el ángel de mis sueños,
ése que me falta para hermanarse con el mío?
¿No conseguiría el azul sin mácula,
mi cielo -cielo mío y suyo-,
el que Dios nos promete
allá cuando cantemos
el Himno a Su Gloria?

Diría que lo quiero,
ante todos los árbitros;
a gritos, tras la reja,
noche o día, siempre auténtica.
El, él, siempre él.
Recorre a mi lado senderos lejanos;
prueba conmigo el pan que llevo a mi boca
con unción casi eucarística
y aspira, al mismo tiempo que yo,
el aroma de la flor
que abre en mi balcón a fuerza de creársela.
Y, al despertar de las mañanas,
me inunda, como cuando niña,
disipado el pavor de la triste noche solitaria
-aquel de que mis padres hubieran podido no estar ya a mi lado-,
la alegría de saberlo conmigo.

Diría que lo quiero,
en el caminito que arrulla a la hormiga mientras columpia su carga;
en el temblor leve del ala de la mariposa;
en el casto perfil de la luna nueva;
en el haz de luz que cuela por el postigo;
en la ranita del estanque, que no habla y me comprende.

Diría que lo quiero,
simplemente.
Rindo humilde testimonio -amor que me redime-:
de rodillas digo que lo quiero.
Aunque no me siento digna.

A LA MUERTE

(“No me llames poeta”, Albora, Buenos Aires, 2001.)

I

Muerte,
fatal término, ausencia por siempre.
Sólo el campo yermo que nos recibe,
de su tierra, nuevo abono.

Nunca más la fragancia de la brizna de hierba
ni el arder de encendidos leños;
tampoco la fina llovizna de la ola rompiente
en el rostro de frescura ávido.

II

“Era nuestra madre”, dirán después los hijos
con ternura en los ojos.
El dolor de la ausencia, olvidados objetos
mañana joyas auténticas.
“Ella decía…”, repetirán las frases
antes molestas
a causa de desgano
o ansias de silencio
o sueños de libertad.
Sílabas musicales enhebrarán palabras en recuerdos imperiosos,
desesperación de volver a vivir en el tiempo…
Tarda respuesta a un canto de amor.

“¿Recuerdas aquel gesto?
“¿Y su sonrisa triste?
“¿Y su pensamiento fijo en nosotros?
“¿Sus manos, suavidad de alas rozando nuestros rostros?
“¿El paso quedo junto a nuestro lecho en la alta noche
y el murmullo de plegaria para encomendarnos a Dios?”

III

Poco a poco el ausente
más lejos cada vez en el recuerdo
-que alguien siempre lo reemplaza-;
sus cosas van perdiendo la fragancia que de él se desprendía,
impregnándolas;
la manera de inclinarlas no es la misma
y en el tiempo
va cambiándoselas de sitio.
Cada día su nombre acude menos al labio.
Las lágrimas en manantial ya no brotan;
tan sólo de a una
que se enjuga furtiva.
Hasta que todas secan
agotada la fuente de dolor.
Un velo cubre entonces la imagen en la retina,
la maleza oculta la antes nítida figura en todo paisaje,
visten los ambientes colores de seres distintos
que distraen,
va el alma tras vivencias nuevas.
Y un día
se llora el olvido.

(Tú, Muerte tan temida,
sólo eres un pretexto:
el olvido es más cruel que tu guadaña.)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *