VEN, MADRE, A DESCANSAR...

Ven, madre, a descansar de todos tus trabajos
hasta el jardín umbroso que cultivo en mis sueños,
a la luz de luciérnagas y áureos escarabajos
y la mágica ayuda de esos seres pequeños,

los gnomos, que se visten con trajes escarlata
y brotan cuando alumbran las primeras estrellas,
que usan zapatitos con hebillas de plata
sin dejar en el musgo la marca de sus huellas.

Cantarán para ti la cigarra y el grillo,
ocultos entre hiedras, glicinas o jazmines.
Y con las hojas muertas haremos un castillo
con muros almenados en oro y amarillo,
hasta que se deshaga por sobre los jardines
(en tanto la cabeza sobre mi hombro inclines).

 

LOS SANTOS
Quisiera saber, madre, de San Marcos y el león;
de San Roque y su perro, San Francisco y las aves;
San Huberto y el ciervo, San Jorge y el dragón;
de San Pedro y el gallo, con sus signos y claves.
De San Martín de Porres, que barriendo su alcoba
a las graciosas lauchas se prodigaba tierno
para que se durmieran tranquilas en la escoba,
de sí mismo olvidándose, aterido en invierno.
No me digas que no, ni te rías tampoco.
Háblame de los Santos, di por qué se les reza;
quisiera parecérmeles, conocerlos un poco,
tener un corderito para mi compañía,
llevar lo mismo que ellos un nimbo en la cabeza
y estar en los altares contigo, madre, un día. 
 
DIOS EXISTE
Dos de la madrugada. En trémula zozobra;
los silencios, vivientes; la oscuridad sin borde;
cuando la fuerza falta y la tristeza sobra,
en soledad infinita para estar más acorde.
De improviso resuena el son de un benteveo
con tono tan alegre que regocija el alma,
y es tal la donosura de su simple gorjeo
que sonrío, infantil, renacida la calma.
Y digo: Dios existe; es El quien me conversa
como a niña medrosa perdida en la espesura,
para que no me queje sintiéndome en olvido.
La breve melodía, al viento se dispersa.
Y me quedo pensando por tierna conjetura:
¿en qué rincón de cielo habrá colgado un nido?
 
SER CONTIGO, SEÑOR
He querido querer, Señor, y no he podido,
tal vez habré pecado por débil o indecisa,
mas lo que sé de cierto es el deber cumplido
y que a tu Ley por siempre me mantuve sumisa.
He querido morir, Señor, pero he vivido;
harto pausadamente sin darme a loca prisa,
pensando en los que estaban y en los que habían partido,
como alguien que -de todos los que quiere- precisa.
Desde hoy en adelante, estar Contigo quiero;
amando u olvidada, viviendo o en la muerte,
es mi única añoranza lo que a todo prefiero:
ser Contigo, Señor, y conservarme fuerte,
para que en el instante de mi postrer segundo
me lleves amoroso al verdadero mundo.
 
SIGNO
No dudes un segundo, si de obrar bien se trata,
pese a tu sacrificio o, apenas, tu molestia;
termina con tu abulia y el egoísmo que ata;
deja a tu vanidad transformarse en modestia.
No pienses que quien roba, quien calumnia o quien mata
no tiene redención, porque es o nació bestia;
acuérdate de Dios que todo lo aquilata:
puedes tú pecar más, tal vez, por inmodestia.
Amor al semejante -acción y pensamiento-,
si hacer bien es piadoso, la idea ha de ser pura,
pues no lo que se ve, suele ser lo más digno.
Alabanza merece la palabra de aliento,
pero el alma que otorga, sin límites, ternura
ha de ser señalada con sacrosanto signo.
 
NO LE DIGAS A CRISTO...
No le digas a Cristo:
                                  
He de ir, mas espera.
Me falta, todavía, algo que me he propuesto;
el mundo me reclama, complacerle quisiera.
Ten paciencia, he de ir. Un poco y ya me apresto.
No le digas a Cristo:
                                  
He de ir, aunque espera
solamente a que acabe lo que tengo dispuesto;
me conoces devota y me sabes sincera.
He de ir. Sí; después que termine con esto.
No le digas a Cristo:
                                  
Espera, o bien: Aguarda.
¿Hay algo más urgente que Sus pasos seguir?
¿No es El mismo la fuerza que te conforta hoy?
(¡Pobre alma confundida! Sabiendo que retarda
el encuentro con El -tan sólo por vivir-,
decirle que se espere en lugar de ¡Ya voy!) 
 
CLOTILDE, EN LA MUJER POBRE DE LEÓN BLOY 
“La única tristeza”-insinúa Clotilde-
“es la de no ser santo”, añadiendo, “aquí abajo”.
¿Pues no basta, me digo, un corazón humilde
ni el espíritu hecho a piadoso trabajo?
¿Tampoco es suficiente tolerar la injusticia,
eludir el halago con natural modestia,
desconocer a un tiempo altivez y codicia
o cumplir los deberes sin acusar molestia?
No; que el ser sobrehumano, aquel que a sí renuncia,
el mismo que se niega y carga con su cruz,
el que calla dolores y alegrías anuncia,
para alentar al prójimo con el amor debido,
es el que alcanza -único- áureo nimbo de luz,
el santo que Clotilde lamenta no haber sido.
 
SAN GOAR
Preséntase San Goar y suspende la capa
en un rayo de sol, al suponerlo un “palo”,
pues que no advierte cómo desde un cristal escapa,
satisfecho, después de encontrar tal regalo.
Del haz de luz -entonces- el atavío cuelga,
frente al mirar atónito de todo circunstante
que conviene en silencio, ya que la duda huelga
al ver aquel prodigio que tiene por delante.
San Goar nada ve: obediente se inclina
ante el Obispo trémulo que se ha quedado mudo
y para quien el Santo la información termina.
Luego -y mientras testigos lanzan voces a coro-,
de la percha de luz, toma, con un saludo,
la capa que lo envuelve en un halo de oro.
 
DE LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO
Durante aquella hora, quien se halle en el terrado
no retorne a buscar sus muebles bajo el techo,
pues -de dos en un campo- uno será librado
y el otro abandonado. (O de dos en el lecho.)
Dos mujeres moliendo, bien que trabajen juntas,
una será elegida, la otra rechazada.
Huelgan disquisiciones e inútiles preguntas
porque el Señor lo ha dicho: Su Palabra está dada.
(Soñamos el milagro: la que elige el Señor
apresa de la mano -por llevarla consigo-
a la otra en abandono, y pone tal fervor
en librar aquel ser del eterno castigo,
que Dios, al verla, dice: -La ha salvado tu amor.
Puedes venir con ella. Y ella venir contigo.)

Lucas 17, 31, 34, 35.

 

DICE EL SEÑOR

Id por camino estrecho que lleva a puerta angosta
-ésa que sólo niños atravesar consiguen,
perfumada de nardos donde un ángel se aposta-
y no al portal mayor que los grandes persiguen.
En haciéndoos pequeños ya seréis inocentes,
que para tales es el reino de los cielos;
así oiréis la palabra que a sabios y prudentes
Dios oculta y revela sólo a los pequeñuelos.
Porque el reino celeste es de las almas puras:
los humildes y pobres, simples de corazón.
Sed como ellos y así -con candor de criaturas-
traspasaréis seguros la reducida puerta
que a los mansos espíritus estará siempre abierta,
camino de la vida, suprema bendición.

Mateo 7, 13, 14; 19, 14, 15.

 

BLANCA PIEDRECITA

Lo he meditado mucho, Señor, aunque no espero
visión de corcel blanco o de espada en tu boca,
estrella o mar de vidrio -ni menos, candelero-:
quiero de Ti otra gracia y mi labio la invoca.
Quiero sí un nuevo nombre: el que nadie conoce,
únicamente sólo aquel que lo recibe,
para perfeccionar en infinito goce
lo que apenas el alma en sus ansias concibe.
Un nuevo nombre escrito en blanca piedrecita.
“¿Cuál será?”, me pregunto. Inútil responderme
pues lo susurra sólo el ángel que visita
las almas que Tú eliges para esta recompensa.
(Mientras se cumple el término, el espíritu aduerme
y la mente imagina, discurre, trama, piensa...)

Apocalipsis:
6, 2 Y miré, y he aquí un caballo blanco: y el que estaba sentado encima de él, tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió victorioso, para que también venciese.
1, 16 ... y de su boca salía una espada aguda de dos filos.
2, 28 Y le daré la estrella de la mañana.
4, 6 Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal...
1, 12, 13 ... y vuelto, vi siete candeleros de oro; y en medio de los siete candeleros, uno semejante al Hijo del hombre...
1, 20 El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y los siete candeleros de oro. Las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto son las siete iglesias.
2, 17 ... Al que venciere... y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita un nombre nuevo escrito, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.

 

MAR DE VIDRIO

Dijiste: “Mar de vidrio”, Señor, y es lo que quiero;
un mar que te refleje en toda tu grandeza,
por sobre el cual camines -tu lámpara, el lucero-
para ver, al trasluz, del mundo la tristeza.

Dijiste mar de vidrio, un cristal sin bisel
ni resquebrajaduras, sólo un único trozo,
en cuya superficie se reproduzca fiel
el que ríe feliz o el que ahoga un sollozo.

Y el mar tuyo, Señor, ése al que te refieres,
¿tendrá, al igual que el nuestro, arenas, caracoles?
¿Ondularáse en olas si es así que lo quieres?
¿Revolarán gaviotas por verse en sus espejos?
¿Dormirá en él un sol o acaso muchos soles,
también vidrio sus crestas, de coral, con reflejos? 

Apocalipsis:
4, 6 Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal...
15, 2 Y vi así como un mar de vidrio mezclado con fuego...

 

COMO UN RUMOR DE AGUAS

Como un rumor de aguas, la voz oí diciendo:
“No te estés quieta ahí, por algo toma parte.
Ni fría ni caliente, tal irás feneciendo.
Según sean tus obras, así habremos de darte.

“Ten prendida tu lámpara -la lámpara de fuego-
pues que ya llega el tiempo y tu día es ahora.
El que tiene la hoz, El que agrega: ‘Yo siego’,
dirá en cualquier momento que ha llegado tu hora.

“Conozco tus trabajos y también tu paciencia,
mas tengo contra ti ese dejarse estar.
Arrepiéntete y vuelve a la obra emprendida,
que si no vendré a ti por tu desobediencia
para, tu candelero, remover del lugar.
Si vences comerás del árbol de la vida.”

Apocalipsis:
1, 15 ... y su voz como ruido de muchas aguas.
14, 2 Y oí una voz del cielo como ruido de muchas aguas...
3, 15, 16 Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
2, 23 ... y daré a cada uno de vosotros según sus obras.
4, 5 ... y siete lámparas de fuego estaban ardiendo delante del trono, las cuales son los siete espíritus de Dios.
14, 14 Y MIRE,  y he aquí, una nube blanca, y sobre la nube uno sentado semejante al Hijo del hombre, que tenía en su cabeza una corona de oro, y en su mano una hoz aguda.
14, 16 El que estaba sentado sobre la nube echó su hoz sobre la tierra, y la tierra fue segada.

Mateo:
13, 39 ... y la siega es el fin del mundo...

Apocalipsis:
2, 2 Yo sé tus obras, y tu trabajo, y paciencia...
2, 5 ... y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré presto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar...
2, 7 ... Al que venciere, daré a comer del árbol de la vida...  

 

PORQUE SI TÚ NO VELAS, VENDRÉ COMO LADRÓN

Porque si tú no velas, vendré como ladrón;
he de llegar a ti sin que sepas la hora.
Estate alerta, pues; vigila cada acción,
y lo que has recibido y escuchado memora.

Aunque nombre de vivo posees, estás muerto;
perfectas, ante Dios, no he encontrado tus obras.
Consolídalas pronto o han de morir por cierto,
si es que no te arrepientes y de otro modo obras.

Yo soy El de las siete estrellas a su diestra;
El que en los siete Espíritus de Dios, único, arde.
Vestirá el que venciere de blancas vestiduras.
Del libro de la vida, su nombre -santa muestra-
jamás he de borrar, lo diré en las alturas.
Vendré como ladrón: igual temprano o tarde.

Vendré como ladrón, de improviso o a oscuras.

Apocalipsis:
3, 3 ... Y si no velares, vendré a ti como ladrón, y no sabrás en qué hora vendré a ti.
3, 2 Sé vigilante y confirma las otras cosas que están para morir: porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios.
3, 1 ...Yo conozco tus obras, que tienes nombre que vives, y estás muerto.
3, 3 Acuérdate, pues, de lo que has recibido, y has oído, y guárdalo, y arrepiéntete.
3, 1 ... El que tiene los siete Espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice estas cosas...
3, 5 El que venciere, será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.

 

A LAS PARCAS

I

-¿Qué haces?,
dije a Cloto, Parca inexorable.
Hilas, hilas, hilas,
como aquella molinera del cuento
que devanando la paja convertíala en oro.
Pero tu hilo blanco
-el que entretejes a tu capricho-
no contempla tristeza ni ventura.
Lo surtes por igual al hombre
-llore o ría-
hasta que vuelva a la tierra de donde vino
y cuyo polvo trajo.

II

Ahora giras tu rueca por mí
sin importarte el curso de mi vida.
Aceleras su ritmo a tu antojo cuando desfallezco,
y lo alenteces
si al cielo canto y el viento lleva mi eco esperanzado.
¿Qué importa?
Te distraen los hilos que atas a tus títeres,
que eso somos para ti.

III

Bien que te divierta,
más pausada manéjame.
Loco, me aniquila el girar de tu rueca,
aunque, a ratos, te gozas en alto por demás dilatado.
No tires de las hebras que a mis manos anudas,
apretándolas, cruel;
ni arranques -para renovar de pronto-
aquellas otras que a mis pies ciñes, hasta horadar mi carne.
Te imploro, no inclines mi cabeza hacia amargura tanta.
No me muestres la muerte.
Antes, dámela, me será más dulce.

IV

-¿Y tú, Láquesis, serás más piadosa?
¿Ríes? No creí que la Parca riera.
Para ti somos, no ya títeres, sino más bien marionetas,
que te las arreglas para que los secretos lazos resulten invisibles.
Pero estrechándome siéntolos
y oigo tu risa histérica que parece expresar: -"¡Aguanta!,
tengo hermanas, y, conmigo, tus dueñas somos".

V

¿No te da lástima?
¿Ni sientes el frío de los que inertes yacen
cuando el huso detienes?
¿Y la rigidez de los que poco a poco
inmovilizan sus miembros,
mientras tú, tirana fatal, los paralizas con deleite
para -por fin- echarlos a la suerte?

VI

No has de creerlo,
que -pese a todo- perversa no te acepto.
¡Qué tristeza me daban
-cuando niña-
las brujas cabalgando en la escoba!
Hórridas viejecitas, arrebatadas por el viento,
sin que nadie un adiós les diera,
partiendo desvalidas bajo mugrienta capa
a que las enclavara la noche, al aullido del lobo.

¡Sólo un beso de amor habría hecho el milagro!
No creo, Láquesis, en tus dedos de garfio
ni en tus labios enjutos
ni en las cuencas vacías
de ojos,
acaso, compasivos.

VII

Para Atropos, por último,
mi ternura dispenso,
que en ella veo las tres hermanas execradas;
inmundas guedejas, portillos las bocas,
nauseabundos pies, deformes como patas.
Siniestro el alarido: Atropos da la orden
a la que el mundo responde con sordos estertores,
máscara yerta, rígido contorno.
Y, sin embargo, Parca, algo a ti me aproxima;
tal vez te compadezco… ¿O piedad es de mí misma?
Te siento por momentos cercana al candelero
y mi bujía arde, cada vez, algo menos.

VIII

Viejecita encorvada,
preciosa trama entrelazan tus dedos.
¿Verterás alguna vez triste lágrima?
¿Será posible que nada sientas por nadie?
¿Que todo concluya y pase, indiferente a ti?
¿Niños? ¿Jóvenes? ¿Ancianos?
¿Y sin que jamás las cuencas de tus ojos se humedezcan?

IX

¿No equivocarás a veces las fibras?
¿Ni temblarán tus manos al cortarlas?
Tu pie no alcanza ex profeso el ritmo armonioso
que el equilibrio de la vida exige.
¿Es que la existencia tronchar debes?
¿Las hojas de tus fatales tijeras se cruzarán siempre
irreversiblemente?
Habéis de llorar -no dudo- ese instante las tres.
No consiento en vuestra culpa:
sois Parcas
y, como tales, fuerza es que cortéis
de la vida
las amarras.

 

A LA MUERTE

I
Muerte,
fatal término, ausencia por siempre.
Sólo el campo yermo que nos recibe,
de su tierra, nuevo abono.
Nunca más la fragancia de la brizna de hierba
ni el arder de encendidos leños;
tampoco la fina llovizna de la ola rompiente
en el rostro de frescura ávido.
II
“Era nuestra madre”, dirán después los hijos
con ternura en los ojos.
El dolor de la ausencia, olvidados objetos
mañana joyas auténticas.
“Ella decía...”, repetirán las frases
antes molestas
a causa de desgano
o ansias de silencio
o sueños de libertad.
Sílabas musicales enhebrarán palabras en recuerdos imperiosos,
desesperación de volver a vivir en el tiempo...
Tarda respuesta a un canto de amor.
“¿Recuerdas aquel gesto?
“¿Y su sonrisa triste?
“¿Y su pensamiento fijo en nosotros?
“¿Sus manos, suavidad de alas rozando nuestros rostros?
“¿El paso quedo junto a nuestro lecho en la alta noche
y el murmullo de plegaria para encomendarnos a Dios?”
III
Poco a poco el ausente
más lejos cada vez en el recuerdo
-que alguien siempre lo reemplaza-;
sus cosas van perdiendo la fragancia que de él se desprendía,
impregnándolas;
la manera de inclinarlas no es la misma
y en el tiempo
va cambiándoselas de sitio.
Cada día su nombre acude menos al labio.
Las lágrimas en manantial ya no brotan;
tan sólo de a una
que se enjuga furtiva.
Hasta que todas secan
agotada la fuente de dolor.
Un velo cubre entonces la imagen en la retina,
la maleza oculta la antes nítida figura en todo paisaje,
visten los ambientes colores de seres distintos
que distraen,
va el alma tras vivencias nuevas.
Y un día
se llora el olvido.
(Tú, Muerte tan temida,
sólo eres un pretexto:
el olvido es más cruel que tu guadaña.)
 
NO ME LLAMES POETA
No me llames poeta -un nombre con laurel-
porque mi voz apenas para cantar acierta;
acaso suavizada por amorosa miel,
tal vez unos acentos armoniosos concierta.
Puede sí que me escurra por el alto dintel
hacia regiones mágicas tras mi azulada puerta,
o que salve los mares en barco de papel
para poblar de trinos la comarca desierta.
Mi voz no fuera el tono para belleza tanta
ni tienen mis adentros un germen de tal genio,
el prodigio se opera por la fe simplemente,
lo mismo que madura la minúscula planta
a los rayos del sol, milagroso convenio
de la abeja y la flor, del ave con la fuente.