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LA PORTEÑA EN EL TEMPLO
(Monvoisin)
Sobre
el negro del traje y el oscuro del manto
dibuja su perfil clásico la porteña;
la luz de un ventanal que la ilumina un tanto
es nimbo para el rostro de fina piel sedeña.
De
una estampa de época, respírase el encanto;
más que abstraída en rezo, diríase que sueña,
y detrás de la alfombra de mullido amaranto
está quien la trajera, esclavo de su dueña.
La
joven de rodillas reposa así en el suelo;
contrastan con el fondo sombrío de la falda
las dos manos pequeñas, reteniendo un pañuelo.
La galera en la diestra hasta que el rezo acabe,
el negrito de pie, mantiénese a su espalda.
Hay un aire dorado en la paz de la nave.
“La porteña
en el templo”, óleo de 1.42 por 1.56 m, por Augusto R. Quinsac de
Monvoisin.
Llegado a Buenos Aires en 1842, Monvoisin quiso pintar a “la mujer
porteña”. Encontró el modelo en una joven que concurría a San
Ignacio. Era Rosa Lastra, que puede considerarse la representación
femenina del unitarismo romántico. Su padre y dos hermanos habían sido
sacrificados en la Revolución del Sud. Después casó con Ambrosio P.
Lezica.
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MANUELITA
ROSAS
(Prilidiano
Pueyrredon)
Muéstrase
Manuelita en vestido encarnado.
Es la alfombra punzó, el sillón carmesí,
y, en conjunto de sangre, rojo es el cortinado
y las flores de fuego, una no y otra sí.
Vibra
todo el ambiente en matiz colorado
y las mismas alhajas arden con su rubí;
excepto el escarpín que se asoma dorado
y que gracioso extraña tal vez al verse allí.
Apoyada
en la mesa levemente la mano,
en pálido contraste con tanto intenso emblema,
así quiso pintarla Pueyrredon -Prilidiano.
Qué enigma, sin embargo, ése de Manuelita:
el moño bermellón cediendo a la diadema.
¿Es que responde al sueño real de su Tatita?
Retrato de
Manuela Rosas, más tarde de Terrero; óleo de 2.03 por 1.67 m, pintado
en 1840 por Prilidiano Pueyrredon (1823-1870). Museo Nacional de Bellas
Artes. Buenos Aires.
“Manuelita”, la obra maestra de Pueyrredon, es el emblema de la mujer
en la época federal.
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BAILE DE
PEINETONES
(Litografía
de César Hipólito Bacle)
Baile
de peinetones.
-Ay, por Dios, mi peluca...
exclama
un caballero, saltando movedizo,
mientras un peinetón, que casi lo desnuca,
al rozarle imprudente, le lleva su postizo.
La
que fuera culpable, discreta, ni retruca,
atenta a mantener cada armonioso rizo,
y luce presumida la despejada nuca
al inclinarse apenas con ademán huidizo.
La
reunión continúa con moño y miriñaque.
Contradanzas al piano. Son de cera las luces
sin que el suceso al baile por lo demás aplaque.
Flor y rayas el piso muéstrase decorado;
las paredes sembradas de simétricas cruces
y por los peinetones el ambiente ocupado.
“Peinetones
en el baile”. Litografía (1834) por César Hipólito Bacle
(1794-1838), Museo Municipal General Cornelio Saavedra. Buenos Aires.
Escena del Buenos Aires federal donde se muestra el uso de los
peinetones, costumbre que aquí alcanzó proporciones únicas.
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LA RECOLETA
(Litografía de Carlos Enrique Pellegrini)
El interior de un templo -Iglesia del Pilar-:
celebrase el oficio según el canon diario;
a la izquierda y al centro, en accesorio altar,
que de frente, el Mayor, se muestra solitario.
Los circunstantes, mientras, atentos a rezar,
siguen con la mirada los gestos del vicario,
y en diferente plano, aunque en primer lugar,
una mujer se inclina ante un confesionario.
Cada imagen reposa en ornado soporte,
cubriendo los paneles alternos de cada arco,
cuya sencilla línea de colonial recorte
traza sobre la nave un redondeado marco.
Un niño y una dama, con mantilla y peineta,
van entrando. Así vemos la antigua Recoleta.
"Recoleta", interior (1845). Litografía de Carlos Enrique Pellegrini (1800-1875). Colección privada.
La Iglesia de la Recoleta -hoy del Pilar-, reliquia colonial, conserva el estilo y carácter de la época más nuestra.
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LA VIRGEN DEL CONEJO
(Tiziano)
La Virgen del Conejo se valora en ternura.
No es tal vez de las obras maestras del Tiziano,
pero el cuadro respira una suave dulzura
pues su hechizo profundo, con ser bello, es humano.
El conejo descuella por su inflada figura
-un juguete de felpa en volumen mediano
y cabeza minúscula- sobre la falda oscura
de la Virgen sentada, que lo atiene en su mano.
El niño que lo mira, por más que no se mueve,
se toma de su aya y se alarga confiado,
y a dárselo la Virgen, prudente, no se atreve.
Al fondo, entre el follaje, un pastor con ovejas;
montañas en cadena, el cielo arrebolado.
Delante, un canastillo muestra frutas bermejas.
"La Virgen del Conejo", Tiziano Vecellio (1490-1576). Museo del Louvre.
Tiziano, admirable y múltiple, que tanto amaba la magnífica belleza pagana, dejó cuadros de tierno encanto como "La Virgen del Conejo".
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EL CRISTO DE VELÁSQUEZ
Sobre un fondo infinito de
negrura,
vése Nuestro Señor, que ya ha expirado;
sobresale perfecta la figura:
parece Cristo el Hombre ajusticiado.
Recia la Cruz, y muéstrase en su altura
el cartel que Pilatos ha dictado;
la corona de espinas asegura
los cabellos, del rostro hacia un costado.
Está muerto Jesús. Ya
sobre el mundo
la tristeza del crimen se derrama
y un silencio fatal en todo vela.
Está solo Jesús. En un profundo
piélago de tinieblas, fin del drama.
Y la serena faz nos desconsuela.
"El Cristo". Diego
Rodríguez de Silva y Velásquez (1599-1660). Museo del Prado.
Velásquez, "el pintor más grande que ha conocido el
mundo", según Reinach, nos muestra el ser tan humano en la
grandeza de su dolor, como para comprender la Redención y la
Resurrección.
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LA PIEDAD DE AVIGNON
(Enguerrand Charonton)
Entre marco de oro,
silencio absoluto.
La Virgen sentada, las manos unidas,
con Jesús, el hijo de espíritu fruto,
que exánime yace, frescas las heridas.
El cuerpo estirado,
bárbaro tributo,
muestra las costillas ya sobresalidas,
y, sobre la falda de la madre en luto,
se estiran las piernas en arco caídas.
Agrietan el pecho rastros
del azote,
doradas agujas brotan de la testa,
cabellos y barbas de tono rojizo.
Con la Magdalena, Juan y un sacerdote
se consuma el cuadro. Asoman su cresta
por el fondo, cúpulas -detalle impreciso.
"Piedad de Avignon",
Enguerrand Charonton. Museo del Louvre.
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LA
VIRGEN DE LA VERJA DE ROSAS
(Stephan
Lochner)
En
alto, la corona con ángeles en torno
que en un primer mirar parecen mariposas;
pero toda entre flores -primaveral retorno-
se la llama “La Virgen de la Verja de Rosas”.
Los
ángeles se animan en marcado contorno;
son músicos que adoptan actitudes graciosas
y, desde más arriba, sostienen un adorno,
el mirar vigilante y expresiones curiosas.
Otros,
con manos juntas y gesto de plegaria
vénse detrás, en coro de acendrada armonía.
Como absorta, la Virgen parece solitaria
pese a que el Padre Eterno del cielo la sonría.
Ambiente virginal que hasta en aroma abunda
pues la verja de rosas, de perfume lo inunda.
“La
Virgen de la Verja de Rosas”, Esteban Lochner (1405-1451). Colonia.
Belleza, siempre la belleza refinada; simple, pagana o mística, pero
siempre belleza en un total florecimiento de color mágico.
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EL
CAMBISTA Y SU MUJER
(Quentin
Metsys)
El
cambista sostiene minúscula balanza
con que pesa, prolijo, los objetos preciosos:
monedas, joyas, dijes, que forman la esperanza
del próspero comercio de los cautos esposos.
La
mujer, en los ojos, acusa desconfianza,
mientras hojea un libro con dedos despaciosos;
la otra mano, que muestra una fina alianza,
reposa sobre un libro de ornamentos piadosos.
Trajes
rojo y azul; las tocas blanca y negra
se funden con la tabla de color verde, lisa,
y el dorado, disperso, todo el ambiente integra.
Un espejo ovoidal, en la mesa dispuesto,
refleja una ventana y a un hombre que pesquisa
-apoyado en el marco-, desde un lugar opuesto.
“El
cambista y su mujer”, Quentin Metsys (1466-1530). Museo del Louvre.
La poesía del color atrae en ese realismo prolijo del maestro de Amberes.
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RETRATO DE UNA PRINCESA DE LA CASA D'ESTE
(Pisanello)
Sobre alegres flores el perfil descuella
y con mariposas el fondo se anima.
Es de Casa D'Este, la joven doncella
que -en blanco vestida- vive etéreo clima.
Parece una niña la que fue tan bella;
el fino semblante, lozano se estima;
mas algo de triste el mirar destella,
algo que a la boca leve angustia arrima.
La rama de enebro que el corpiño luce
encarna a Ginevra -que así se la nombra-
(latín: juniperus, que enebro traduce).
El rostro muy simple de cándido gesto
-donde los capullos ni proyectan sombra-
se alarga, en peinado, por demás enhiesto.
"Ginevra D'Este", Antonio Pisano, llamado "Il Pisanello" (1395-1450). Museo del Louvre.
Con ser una pintura italiana, desprende el misterio un poco triste de algunos flamencos que tanto frecuentó el Pisanello.
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LA ENCAJERA
(Johannes Vermeer)
La joven encajera
-acaso Catalina,
la mujer de Vermeer, el artista holandés-,
absorta en su tarea. La cabeza se inclina
con semblante en escorzo para más interés.
Bien que no sea menuda,
es sin embargo fina;
los tonos de la tela la transfiguran, pues
el amarillo de oro, que todo lo ilumina,
con el azul etéreo, refulgen a la vez.
El cuadro es muy
pequeño. Mide sólo veintiún
centímetros de ancho, veinticuatro de altura,
pero su maestría es tan poco común
que, con entendimiento raramente profundo,
Renoir lo conceptuaba, dentro de la pintura,
como la obra de arte "más hermosa del mundo".
"La Encajera",
Vermeer de Delft (Johannes Van der Meer, 1632-1675). Museo del Louvre.
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RETRATO DE VIEJO Y NIETO
(Domenico Ghirlandaio)
El niño mira inmóvil
la cara del abuelo,
del todo indiferente al punzó de su traje
o al reflejo plateado del bien peinado pelo
o al fondo con azul del lejano paisaje.
Es la nariz violenta,
ridículo modelo,
lo que el nieto no ha visto en ningún personaje
y que atrae la mirada de inquisitivo anhelo,
mientras posa la mano sobre el rico ropaje.
Delicioso perfil en su
inocencia grato.
Delicadas facciones en brusca diferencia-
se han querido acentuar con uno, otro retrato-:
el del anciano, exento de mayores arrugas,
quizá para mostrar más la cruel excrecencia
de la nariz, asiento de vinosas verrugas.
"Retrato de viejo y
nieto", Il Ghirlandaio (1449-1494). Museo del Louvre.
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ISRAEL
El mundo de la Biblia
revive en Israel;
y Tel Aviv se ofrece fraterna al peregrino,
mientras que nos espera detrás de su vergel
con pájaros y flores que salen al camino.
Es la promesa antigua
-país de leche y miel-;
después de dos mil años retoma su destino;
el premio de Jehová a su pueblo por fiel:
estará Sión en Sión, el anuncio divino.
Israel, Israel, de donde
salió Cristo,
con Moisés y Samuel, y David e Isaías,
pueblo del Dios eterno según fuera previsto.
El milagro sublime que confirma la historia:
extintos los ocasos de tan ásperos días,
la palabra se cumple en albores de gloria!
Israel, vuelta al amor de la
humanidad, tras dos mil años de sufrimiento, se ofrece como una
promesa de paz al mundo.
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BELÉN
Acabas de nacer y ya
extiendes el brazo.
San José te contempla, igual que los pastores,
y a tu cuna de paja, que es un tibio regazo,
se apretujan el buey y el burro protectores.
Del cielo azul apenas se distingue un pedazo
donde brilla la estrella de nítidos fulgores;
y la Virgen, humilde, siente cierto embarazo
ante los reyes magos con trajes de colores.
Empiezas a ser Tú. Se
acusan en tus palmas
leves huellas moradas, los sangrientos indicios,
lo mismo que en tus pies, pequeños y rosados.
Comienzas a ser Tú, baluarte de las almas.
Por sobre tu cabeza, suplicio de suplicios,
ya flota la corona de espinos afilados.
Porque sólo Dios sabía que
llegaba al mundo para redimirlo en el dolor hasta la Cruz.
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EL PERDÓN
Hacerme perdonar, en mi
humildad pretendo,
de aquellos que herir pude, o, también, olvidado,
de los que de algún modo, sin querer o queriendo,
provoqué con molestias o, tal vez, agraviado.
De los que nada tienen y a
los que acaso ofendo
con lo poco o lo mucho que por Dios me fue dado;
de los que en un instante desazono o sorprendo,
por no ser advertidos al cruzar a mi lado.
Hacerse perdonar es
principio rector:
no alimentar rencores, fastidios, menos odio,
dejar a nuestro paso aunque sea una flor;
dar cuanto está en nosotros, querer al semejante,
porque la caridad sea nuestro custodio:
que la falta de amor nunca tendrá atenuante.
"Hacerse perdonar",
palabras de mi madre. Hacerse perdonar lo poco que uno tiene y
disfruta, por los que, teniendo menos, sufren en su ansiedad de más,
que, acaso, merecen.
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INCOMPRENSIÓN
No
comprendes, amor, cuál es mi sentimiento;
en vano lo traduzco y en vano te lo explico.
A veces me parece que ha llegado el momento
de aclarártelo igual que obramos con un chico.
No
comprendes, amor, que todo lo que siento
-y en esto, ya lo sabes, ni dudo ni claudico-
es amor, todo amor, el dulce pensamiento
que instante por instante, por siempre te dedico.
Y...
¿comprendes ahora? Te quiero simplemente,
como si mi destino ya lo hubiese dispuesto
que nuestros corazones palpitaran iguales.
Es toda mi alegría el reposar la frente
sobre tu hombro, amor mío, ya que sólo con esto,
feliz, siento el resguardo de peligros y males.
Amor
no basta; es necesario hacer sentir nuestro amor: para los humildes que no
se creen dignos y para los tristes como un consuelo.
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CONSOLACIÓN
¿Quién
habló de que un día hubiera de perderte?
¿Quién
dijo que tu sombra, al fin, quedará quieta?
¿Es que ignoras acaso lo que aprendió a quererte
el alma ennoblecida de ternura
secreta?
Un
amor que es amor no termina en la muerte,
pues no tiene principio ni término ni
meta;
sometido al don mágico que todo lo convierte,
y todo lo transforma, y todo lo
interpreta.
Teniéndote
a mi lado, la vida es vida-vida,
pero sin ti transcurre en tiempo de
amarguras;
mi lámpara no arde, ¿a qué estar
encendida?
y en el balcón el viento siempre gime por triste,
que a tientas tras tu imagen, por
voluntad a oscuras,
en tu recuerdo sólo, el corazón
subsiste.
A
veces también la desesperanza nos puede.
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EL
NIÑO DORMIDO
No
levantes la voz; el niño está dormido.
Contén
el paso, espera, aguarda en cauto acecho;
que no se mueva el aire, ni se oiga el
menor ruido,
para que en tierna paz, te aproximes al lecho.
Mírale
sonriente al almohadón asido,
el oso de su vida apretándole el pecho,
en la mano, seguro, tiene un hilo
prendido
del globo de colores que oscila bajo el techo.
Alrededor
su mundo -juegos de construcciones,
trompos, libros, muñecos, autos,
trenes, camiones-;
todo goza en el cuarto sueño de maravilla
salvo el tic-tac cadente del reloj de
la abuela.
Déjale que descanse: mañana irá a
la escuela,
cuanto más con los labios rózale la mejilla.
Mientras
el niño duerme, su ángel descansa.
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UN POQUITO DE CIELO
Buenas noches, Señor.
Escucha mi llamado,
sin reparar, siquiera, en mis yerros del día,
ésos que hasta pudieran parecernos pecado:
quiero que me perdones-, otra vez, todavía.
Que te sienta, Señor, en
la sombra, a mi lado,
para que en sueños logre segura compañía;
como cuando pequeña, me creeré a tu cuidado,
tal cual la voz de Madre siempre lo repetía.
Perdona mis palabras-, si
de perdón soy digna,
cómplices como somos de tu cruento suplicio-;
pero la pobre alma ante Ti se persigna
ansiosa de obtener tu divino consuelo.
Escúchame, Señor, para serme propicio-
y alcanzaré esta noche un poquito de cielo.
La ansiedad divina nos eleva
hasta Dios.
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