ANGUSTIA

Ni siquiera una lágrima, que nadie la derrame
cuando, al cabo, me vaya por senda sin retorno;
que ninguno me nombre, que no haya quien llame,
porque Amor ya no vela, ni se percibe en torno.

Ni que aun con un gesto ya nada se reclame,
ni se llore lo rígido de mi mortal contorno,
y que no se proteste, ni tampoco se clame,
porque todo resulte sin mínimo trastorno.

La muerte sea lo mismo. Que en un silencio manso
enmudezcan las voces de fraternales ecos,
para que silenciosa, el alma entre en descanso.
(Mas, puede, pese a todo, que los ojos resecos,
temblorosos los dedos y transida ternura,
alguien ponga una flor sobre la caja oscura.)

 

HASTA MAÑANA, HIJO

Hasta mañana, hijo, y que Dios le bendiga
rodeándole de amor, le colme de cariño;
que premie sus acciones, y al oído le diga
esas cosas que dice solamente a los niños.

Hasta mañana, hijo, y que Dios le conserve
en el coro de ángeles que, para Sí, elige;
y que viva y que cante, que labore y observe
las virtudes del alma que el Cielo nos exige.

Que comience su día mañana con el alba
entre nubes de rosa, amarillas y malva;
que en concierto de infancia y en alado lenguaje
los pájaros le hablen desde el azul del viento
y cada flor le diga, al pasar, que su acento
será sólo fragancia de aromado mensaje.

(Descanso para un hijo, que desde el ayer traje;
gratitud al Señor que en la noche lo salva.)

 

SÓLO TU ALMA DE AMOR

¿Que si prefiero el pino, el sauce o el ciprés?
¿El cedro, la araucaria, el ombú o el abeto?
Los árboles me encantan, mas siempre que tú estés,
porque sin ti las cosas ya no tienen objeto.

¿Si tengo por los astros misterioso interés,
o me atrae el lucero con su temblor secreto?
¿Quizá la Cruz del Sur, volcada de través?
Nada, amor, sino tú, me inspira este soneto.

Ni lágrimas de sauce, ni fragancias de pino,
ni el tenue parpadeo del astro recatado,
ni tampoco el ombú con su eterno destino,
o la Cruz, que se apoya cansada hacia un costado.
Nada alienta mis versos: ni el árbol, ni la flor,
ni el temblante lucero: sólo tu alma de amor.

 

HIJO MÍO

Un día estarás solo, hijo mío, querido,
pues, entonces, ya lejos, seré acaso una sombra;
el eco de mi voz, un viento estremecido,
y mi andar, un secreto silenciado en la alfombra.

Y querrás con el alma que no me hubiera ido,
para que acuda al punto cuando el labio me nombra,
quedándote en mi seno -dulce niño dormido-
bajo la ardiente lámpara que la pantalla ensombra.

Pero sabes, mi vida, he de estar siempre en ti,
viviendo entre las cosas que a los dos nos encantan:
en el trémulo rayo, oblicuo en tu balcón,
en la pequeña jaula del ave carmesí,
las ranitas de vidrio que a los tréboles cantan
y en el vilano al viento, fugitivo el pompón.

 

NO LE DIGÁIS...

No le digas, Estrella, que de noche suspiro,
ni le cuentes, tampoco, que en el azul navego;
que no sepa que, triste, ni advierto lo que miro
y no se entere nunca del porqué de mi ruego.

No le digas, Jazmín, que tu fragancia aspiro,
recordando su amor para llorarle luego,
y que es entonces, sólo, cuando amante respiro
y en tu casto perfume encuentro mi sosiego.

Dile Estrella, mejor, que contemplo dichosa
la lumbre de tu luz a mis deseos, fiel.
Dile, Jazmín, siquiera, que el lirio y que la rosa
consuelan como tú en el antiguo vaso.
(Y que guarden los dos -sin que lo sepa él-,
el amor que le tuve y que me tuvo, acaso!)

 

MI LLANTO

Y si yo entrase al mar sin volver la cabeza,
hundiéndome de a poco, del infinito en pos;
por almohada, las olas, con la sola tristeza
de, a mis hijos, no haberles dado el último adiós...

Pero un algo me oprime, y más que eso me pesa
es este compromiso que tenemos con Dios:
ya que soy de las tantas que por algo no reza
y cree que la vida es propiedad de nos.

Denso cristal de lágrimas me anubla la mirada
y los ojos se anegan en un pequeño mar
-que no veo ni olas, ni horizonte, ni nada.
Tras mi pequeño océano, Señor, yo te sonrío,
te doy humildes gracias por dejarme llorar,
que el mayor bien que tengo es este llanto mío.

 

A MI ÁNGEL

I

La espío cada noche -como Acteón a Diana-
y sube, sube a lo alto, al abrir la mañana.
Por entre los pinares se va asomando bella
-en compañía siempre del lucero, su estrella-
al nacer, refulgente en su nívea blancura,
perdiendo tal fulgor, al par que gana altura,
hasta que el rosicler disperso la diluye
y sin dejar ni rastro hacia otros cielos huye.

Mientras tanto, a mi ángel invoca el corazón
y a él entrego mi alma en ferviente oración.
 

II

Como enorme laguna aparece hoy el mar,
en la vida y la muerte, pues, me pongo a pensar.
Lo imagino a Caronte con su barca y su remo
y me digo, segura: "Afrontarlo no temo".
"¿Qué has hecho en tu existencia?", me inquiere harto adusto.
Le respondo en un hálito y con enorme susto:
"Barquero de la Estigia, no preguntes por mí,
porque he amado mucho. Creo que aun a ti".

Entre la oscura noche hay un punto que brilla:
de Caronte, una lágrima recorre la mejilla.

(¡Ay ángel de mi amor! ¡Qué ingenua es tu criatura!
Pensar que hasta a Caronte, enternecer, procura.)

III

A ti, Ángel, que pusiste en mis labios tal temblor
al pronunciar su nombre;
que animaste mi alma de este querer y querer;
que encendiste mi corazón en llamas,
con el relámpago,
para que lo adore en la vida y en la muerte;
que suspiraste a mi oído: ¡Quiérelo!;
te respondo:
Mi alma, hálito de ansias,
brasa ardiente, el corazón,
lo quiero,
en lo puro, lo sublime, lo excelso.
Tus alas son su amparo;
es tu soplo su voz;
tu presencia, la suya,
y tu amor... el mío,
porque lo adoro en la vida y en la muerte
-como tú me enseñaste a quererlo.

IV

El adiós de sus labios persiste,
al morir de las horas
-en secreto- como una plegaria.
No profanaré el silencio
-hacen mal las palabras, las palabras-
empero, apenas, de a suspiros,
se dice suya el alma
y suyo el corazón que le he entregado.

Instintivo, un benteveo,
porfía en disipar mi cruel tristeza:
locos gritos me acosan,
mientras pulso los golpes de mis sienes
-hundidos los ojos en los huecos azules,
entre los arabescos del ramaje.

No hay quien ponga luz
al astro que enciende a su señal:
la luna, polvorienta, se disuelve, revolándose.

Alguien llama, para creciente angustia:
tengo nombre, deber, acabado destino.
Pero mi alma está en la altura,
donde las estrellas esplenden, para que él y yo nos encontremos.
Se ignora el lugar de nuestra cita
-misterioso halo de luz en la distancia.
Los hombres, ajenos, no saben de milagros.
Insisten en llamar y no respondo:
rehuyo a que me arranquen del alma de mi alma.
Atrapan mis hombros, sacudiéndome entera,
y, a gritos, me obligan a mirarlos.

Pero yo, desde mi constelación, nada veo.

 

POEMAS DE ENSUEÑO

I

En honda noche
no me reconozco.
Como si alguien
familiar en tiempos antiguos
viniera de lejos.
Y tiendo las manos
hacia aquel ser distinto que ansío.

II

Sabor amargo
como si todas las tristezas del día
afloraran a los labios en la noche.

III

Despierto en la noche hueca
y no sé qué son mis ansias;
si de saciar mi sed
o dejar correr mi llanto.
Y tengo miedo de no sé qué.

IV

¿Amor?
Un recostarse sobre pétalos
nubes de azul
alas de olvido.

V

Trazos en la arena
signos con el humo
caracteres entre vetas marmóreas.
Letras, letras, letras.

(¡Siempre las de tu nombre!)

VI

-Me has embellecido la vida...
¡Y tanto!
Señalándome la estrella
repitiendo la misma palabra
diseñando imágenes de nubes sobre el cielo
¡soñándome!

VII

Sombras, sombras.
Te recuerdo
estrella lejana
que me alumbra.

VIII

Oquedad de su ausencia
melancolía gris de nube compacta
hora en blanco.

(Tiempo detenido:
¡análogo a morir!)

IX

Azul, azul el cuarto.
De improviso
una mancha púrpura:
la rosa que te ofreciera un día,
marchita, intacta.

X

Ansío el aire alto
la flor de los campos
el silencio de la tarde
el lucero temblante mirándose en el charco
el alambrado que se pierde a lo lejos
un nido de hornero de vez en vez.

XI

Quiero irme
por el contorno de la nube
por la cresta de la ola
por el oscilar de la llama.

XII

Persigo un sueño indefinido
tan leve
que hasta la respiración contengo.

(Y, con todo, deseo no alcanzarlo.)

XIII

Ten fe y cree
como creen los niños
en un corcel con alas.

Verás brotar un día
en lo que fue tu erial
el fruto milagroso de la perseverancia
y en medio de las flores
irá el alado corcel.

XIV

¡La niñez!
Esa edad en que el sueño
se prolonga tranquilo,
una frente inclinada sobre nosotros.

XV

No es indiferencia
ni abulia de estío;
lento pasar de las horas cálidas
que implacable el reloj recuenta.
El quemante sol
burlando celosías
pinta brillantes franjas en el piso.

XVI

La paz del mediodía
en la plaza desierta.
Juega el viento en los plátanos
desprendiendo hojas muertas.
De pronto te detienes
y me ofreces perfecta
una hoja que cae
y a mi lado revuela.

XVII

¿Recuerdas el asilo
con los nidos de hornero
-globos de arcilla
en la juntura de los arcos-
y asomándose la viejecita
que esparcía migas a los gorriones?
Estivales días de rumorosos plátanos.
Ahora silva el otoño
y al pasar por el paisaje gris
de ventanas cerradas
suenan bajo nuestros pies
las hojas muertas.

XVIII

Altiva catedral.
Vitrales de fuego,
luz en fuga al azul del viento:
púrpura, púrpura,
ascua de oro vivo.

(Los ojos en ciega claridad celeste.
¡Recorre los miembros
un temblor
ajeno a la tierra!)

XIX

Por la noche
tras el examen
haz tu plan para el siguiente día.
Ahorrarás tiempo
y dudas estériles.

XX

Cuatro, en la mañana:
hora de la meditación exquisita.
(Cuando el ángel bate sus alas levemente.)

XXI

La luna me atrista
el sol me incandesce
la tierra me oprime
la estrella me enciende.
El mar me desola
el viento me duele
los montes me abruman
el ángel... me amorece.

XXII

Vamos al jardín
mi ángel. Yo, descalza.
Tú, viste la túnica,
ponte las sandalias.
Veremos las rosas,
jazmines y dalias.
Te daré una brizna
de hierba, con lágrimas,
cubriendo de besos
-rendida- tus plantas.

XXIII

Quiero que mi voz
apenas susurro
te llegue muy dulce
a través del muro
mi ángel soñado
amor de otro mundo.
Mis dos manos juntas
plegarias murmuro.

XXIV

-¿Qué hiciste de la vida?
-Mejorarme.
Contra egoísmo y envidia
conseguí vencer,
y con amor siempre.

Y el ángel dijo:
                   -Pasa.