EL MUÑECO ROTO

En el entusiasmo del dulce embeleco,
nunca imaginara que tal vez un día,
con peluca suelta quedara el muñeco,
los ojos ausentes, la testa vacía.

Sin fondo, un abismo, semejaba el hueco
del cráneo desierto, y en esa agonía,
a pesar de todo, resonaba el eco
del tierno ‘Mamá’, que se repetía.

La imagen, por siempre, del pequeño exánime
viva en mi memoria subsistió obstinada
-era yo tan tierna y tan pusilánime-,
pero, temerosa de algún alboroto,
le pedí a mi madre no dijera nada;
y nunca nombramos el muñeco roto.

 

PRIMER GRADO

Colegio del Estado. Primer Grado Inferior.
Niñitas y varones con delantales blancos.
Las niñas con su moño, en mariposa o flor.
Los niños, ya se sabe, desbordando los bancos.

La Señorita Elisa, al frente de la clase,
con su dulce mirada, redondas las mejillas:
-El que se porte mal, solía decir, que pase.
Y era la penitencia, sentarlo en sus rodillas.

Entre vivos recuerdos, evoco un compañero
mayor y pelirrojo, que me enseñaba el puño
al salir a la calle, con gesto de camorra;
y que, al verme en la plaza, se acercaba ligero,
me tomaba la mano con loco refunfuño,
lanzando alegremente a los aires la gorra.

 

EL CRISTO DE DALÍ

Siempre desde abajo pudimos mirarle
y aun de nuestra altura miramos a Cristo,
mas nunca hasta ahora pudo contemplarle
alguien de lo alto, ni de allá fue visto.

Pero así el artista consiguió pintarle,
en tremendo escorzo con genio imprevisto,
mirando de arriba, y supo evocarle
de terreno ambiente al fin desprovisto.

Brazos y cabeza en un primer plano
provocan sorpresa por su recio encuadre
y el extraordinario grandor del proyecto.
El cuerpo en su fuga termina lejano-
el estar arriba nos acerca al Padre
y de arriba vemos el terrible aspecto.

 

LA MÚSICA

Dan ritmo a la faena los trozos musicales;
combate la tristeza la suave melodía;
cuando preocupaciones asedian, habituales,
cantares apaciguan la mente, todavía.

La música es así, remedio de los males,
inagotable fuente a escanciar cada día;
sosiego de palacios, templanza de arrabales,
y placidez del alma, armonizante guía.

Si acaso preguntaras, qué en la hora postrera
ansío oír de nuevo, mi gusto no vacila:
Aurora, de Panizza -Canción a la Bandera-,
y la muerte de Isolda, el aria de Dalila,
también de Mefistófeles el dantesco monólogo
o el Coro de los Angeles, divinizando el Prólogo.

 

A QUÉ APENARSE TANTO

¿A qué apenarse tanto por las pequeñas cosas?
Guardemos el pesar para lo irreversible.
Si se olvidan los besos y marchitan las rosas,
soportemos la vida, con ánimo apacible.

Vistámonos con alas de etéreas mariposas,
soñemos en lo alto la cumbre inaccesible,
que dejando detrás ideas enojosas
la vida cotidiana será más accesible.

Aceptemos un mundo que sea conciliable;
un solo hecho cuenta carácter trascendente:
el hecho de no ser, un día, de repente,
y de decir adiós a todo lo mutable,
viviendo en armonía, tratando que no estorbe
nada de lo minúsculo, ante el girar del orbe.

 

EL MUÑECO

¡Madre!, clama en voz queda mi ferviente mensaje;
¡madre, mi madre, acude porque te necesito!
La voz, primero tierna, va haciéndose salvaje:
si al comenzar fue ruego, termina siendo grito.

Todo ansias de amor el son de mi lenguaje,
salvando las alturas en pos del infinito,
desesperante, alcanza, tras impetuoso viaje,
acento de mandato para aquel ser bendito.

Sólo que a su momento la voz se pierde en eco;
el sonido se expande con angustia de ausencia,
y recuerdo, de pronto, el ¡mamá! del muñeco.
Yo también lo repito, como él lo repetía,
y me siento el muñeco de trágica presencia
ya que nadie responde, mi dulce madre mía.

 

TODOS SOPORTAREMOS...

Todos soportaremos justo castigo un día
por incurrir en yerros; mas las vacilaciones
en realizar el bien han de ser todavía
peor escarmentadas que las ruines acciones.

Cuántas veces pudimos servir de compañía;
y, cuántas, elevar piadosas oraciones, 
ser apoyo, consuelo o la fraterna guía,
ánimo para el débil, para el triste canciones.

El Señor, que lo sabe, puede pedirnos cuenta
sobre nuestra desidia y egoísta descuido;
más grave que el exceso que concluye en afrenta
y que muchos errores propios del ser humano
es el bien que no hicimos al no prestar oído
a quien salvado hubiéramos con extender la mano.

 

EL REGRESO 

Todo pasa en el mundo con más o menos prisa,
ni la pena del alma resulta duradera,
todo se desvanece como un soplo de brisa;
cuanto determinamos y hasta la vida entera.

Nada persiste nunca; ni el canto, ni la risa,
ni en su amor por el muro la fiel enredadera,
y nada permanente en torno se divisa
ni aun es perdurable la dulce primavera.

Pero también es ley de la esencia el regreso,
la brisa soplará otra vez en la fronda
y la hiedra en el muro renovará su beso.
Otra será la gente, otras serán las flores,
pero otra habrá de ser la voz que te responda
cuando vuelvas -un día- a hablar de tus amores.

 

ANSIEDAD

Ansia de estar un día en un puente de mando,
recibir en el rostro el castigo del viento;
sin ninguna arribada, por siempre navegando,
sin dudas ni temores, cansancio o desaliento.

Y no saber siquiera, en qué forma, ni cuándo,
ha de concluir el viaje -en milagro de cuento-;
ni cuándo retornar a éste mi lecho blando,
ni a la antigua ventana, ni al dorado aposento.

Acres de sal los labios, ruda racha en la frente,
perdido el horizonte, sin destino la nave,
sin nada que la guíe, sin nadie que la oriente,
mecida por las olas, columpiada en la cresta,
apenas sobre el mástil las alas de algún ave;
sólo el rumor del mar, y Dios como respuesta.

 

DESENCANTO

Yo quisiera quererte como antes te quería,
y sentirte, como antes, en todo consecuente,
yo quisiera decirte: te quiero todavía...
y recibirte, al fin, con ánimo sonriente.

Yo quisiera tomar tu mano con la mía,
y llevarlas fraternas, como antes, a mi frente,
guardándote a mi lado, junto a mí todo el día,
saber que estás conmigo, aunque te halles ausente.

Pero ya no es posible que esta dicha suceda,
desde que el desencanto se apoderó del alma,
y pienso que vivir así, tampoco pueda...
porque quiero querer y mi amor se resiste,
porque quiero esperar, cuando no tengo calma,
porque quiero reír y por siempre estoy triste.

 

ALEJAMIENTO

Resultará forzoso el cruel alejamiento
y habrá que decidirse, como lo inevitable,
lo mismo que aceptamos la violencia del viento,
el rugido del mar o el tiempo inexorable.

Habrá que tener ánimo en el fatal momento
para abdicar de todo lo que nos fue agradable,
y saber resignarnos en el recogimiento
con el gesto tranquilo ante lo inapelable.

Los ojos en el cielo, frente al azul del día,
serán dulce consuelo las venturas de otrora
-el hogar de la infancia, juventud, poesía-,
y al alumbrar la luna, al filo de la sombra,
tendré la paz ansiada, y llegará la hora
en que cerca de Dios, tan sólo a Dios se nombra.

 

EL DESCANSO

No podría decir: ¡No quiero la muerte!
puesto que el Señor todo lo decide;
mas, llegado el tiempo, habré de ser fuerte
porque nadie llore lo que nadie impide.

Tal vez mi sonrisa animosa acierte
para que la fiera sombra no trepide,
y me guarde el gesto en el rostro inerte
como flor que brinda el que se despide.

No ha de ser difícil para mí el descanso,
ni el secar los ojos de lágrimas vanas;
no opondrá defensa mi espíritu manso,
rendirá la vida de dulce manera
por borrar ayeres, para los mañanas
pasarlos en paz, tal como Dios quiera.