Sonreír como "La Gioconda" de Leonardo o "La gitana" de Franz Hals. La sonrisa del "Voltaire" de Houdon la dejamos para los hombres -por lo sarcástica-.

"Sin pan y sin trabajo" de Ernesto de la Cárcova.
"Le lever de la bonne" de Eduardo Sívori.
"La sopa de los pobres" de Reinaldo Giúdici...
¡Si hubiéramos sabido
ver!

Es una lástima que Federico de Montefeltre, Duque de Urbino, no usara anteojos. ¡Qué bien hubieran reposado en su nariz!

Los ojos de "La encantadora de serpientes" del
Aduanero Rousseau... ¿serán de cristal y ébano, como los del "Escriba sentado"?

Nadie sospechadamente envidioso se dejó retratar por Chagall... (¡sus rostros verdes!)

La víspera de "La batalla de San Romano", los combatientes jugaron al ajedrez, tomando, después, el tablero por estandarte.

Nos aflige "La Venus de Milo": se le escurre la pollera y no puede subírsela.

Es la negación del arte: no sabe distinguir "L'Olympia" de "La Maja Desnuda", ni siquiera porque se miran. Tampoco "La Maja Vestida" de "Madame Récamier", que también se miran.

¿Quiere ver como sienta una peluca?
¡Pase y vea el "Luis XIV" de Rigaud!

"Extracción de la piedra de la locura": ¡si se pudiese extraer la piedra de la envidia! ¡O la de la soberbia! ¡Acaso, la del engaño!
Aunque el ordenamiento del mundo depende
sólo de la extracción de la piedra del egoísmo.

La Catedral de Siena es
la cebra de las catedrales: está adornada en mármol blanco y negro.

Ante "La mujer del manchón" de Madame Vigée Lebrun nos obsesiona el último deseo de Mimí en "La Bohème".