por: Juan Carlos Fustinoni

   Caleidoscopio Artístico (2003) –segunda obra póstuma– es el noveno libro de la producción editorial de Marilina Rébora. Vuelca la autora reflexiones en tono aforístico de pintores, pinturas, escultores, esculturas y arquitectos. Nuevas confidencias: transmisión, oral o escrita, de algo que debe considerarse pertenencia del que lo trasmite; hecho, sentir, parecer o pensar; conocimiento que nos es propio, al que llegamos de diversas maneras y que podemos confiar a otro por diferentes razones: constituyen caleidoscopios artísticos.
 
El aforismo –forma de escritura breve que realiza una observación con agudeza y rasgo de ingenio– ya tiene antecedentes en la literatura japonesa, china y africana, y en Marcio y Catulo. En el siglo XVII Friedrich von Logau escribió
Sinngedichte que inspiró a Lessing. Entre los escritores ingleses el género aforístico fue cultivado por Heywood, Davies, Harington, More y Jonson;  además por Herrick, y Donne: en uno de sus sermones compara la tumba, esa cosa quieta, con un remolino que nos arrastrará y perderá (“By children’s births, and death, I am become / So dry, that I am now mine own sad tombe”). Shelley se condola y llora a Roma en forma aforística en Rome and Nature (“Rome has fallen / ye see it lying / Heaped in undistinguished ruin / Nature is alone undying”).  
 
En Francia –merecen destacarse ciertos precursores como Marot y St. Gelais, en el siglo XVI–, el género adquirió una notable perfección con Boileau, Voltaire y Lebrun, y en Alemania fue cultivado por Nietzsche.
   En el siglo XX, el aforismo está presente en la obra de Yeats, Pound, Roethke y J. V. Cunningham, y en poetas como Robert Bly, Erich Kastner, Christian Morgenstern y René Char.
   El aforismo no es un género cultivado a menudo en la lengua castellana –excepciones notables han sido Fernández Moreno
(La mariposa y la viga) y, por descontado, Gómez de la Serna, maestro de la greguería–. Sin dejar de olvidar los nombres de Antonio Porchia, cuya obra Voces son pequeños poemas, la mayoría de una sola frase, breve, que se  revelan ‘como radicales suspensiones del sentido, tan intrigantes como irresolubles’, y de Osvaldo Loudet que en De los días y las noches reflexiona a través de los días claros y de las noches oscuras que vive el espíritu del hombre en el transcurso del tiempo.
 
La misma Marilina Rébora cultiva el género. Publica
Las confidencias en 1978, cuyo estilo se ajusta a ese temor y temblor del decir confidencial, y penetra hondo en el alma del lector y cuestiona su ser más íntimo en el cruce mismo de los sentimientos y la inteligencia (“Negarse a sí mismo puede ser virtuoso; lo santo es aceptar que los demás nos nieguen sistemáticamente”). Y posteriormente vuelve con Animalerías (1981), que sorprende e invita a la reflexión, sin dejar de deleitar, y refleja –a veces con sentida ironía– un humor sutil y una delicada fantasía, haciendo desfilar ante nuestros ojos un zoológico curioso y apasionante, bien que tierno y animado de cierto candor deliciosamente infantil (“La cebra es un caballito visto a la luz de una persiana entreabierta”). 
 
Aunque se conocen libros que vuelcan en poesía todo el mundo de belleza indómita presente en las telas, es extraño encontrar poetas a quienes inspire esencialmente la emoción producida por la contemplación de las obras maestras de la plástica. Ya Darío ahonda en aquellas
Correspondencias que había percibido la fina sensibilidad de Baudelaire. Y recordemos también –retrotrayéndonos en el tiempo– a Marvell (Last Instructions to a Painter), Pope (Epistle to a Lady), Browning (My Last Duchess), y a Waller que “canta” a Van Dyck, Dryden a Kneller y a Anne Killigrew, Gray a Bentley y Wordsworth a Reynolds. Por otra parte, Lovelace, en uno de sus poemas más sutiles referido a Carlos I y su hijo, el Duque de York, juzga y alaba la habilidad de Lely. El propio Browning –en Andrea del Sarto y Fra Filippo Lippi– brinda su propia sensibilidad para recrear en poesía la pintura renacentista. William Carlos Williams en su Portrait of a Lady se habría inspirado en El columpio de Fragonard (“Your thighs are appletrees / whose blossoms touch the sky”, comienza el poema, pero la respuesta a la pregunta del interlocutor “Which sky?” es sorprendente: “The sky / where Watteau hung a lady’s / slipper”). En Walker Skating, Brian Morris contempla un hermoso y frío retrato atribuido a Raeburn. ¡Y cómo olvidar, además, que Miguel Angel y Turner fueron poetas, y que D. H. Lawrence fue, al igual que Dante Gabriel Rossetti, un consumado pintor y poeta!

 
Rafael Alberti en su
A la pintura penetra sensaciones de color, de línea y de forma, y dedica poemas a Piero della Francesca, al Tiziano, a Goya, a Picasso, y a los colores azul, rojo y blanco, al pincel y a la divina proporción. Amelia Biagioni en las Estaciones de Van Gogh se inspira en cartas del pintor a su hermano Théo para componer sus versos, y describe en poesía Los comedores de papas, Jardín, La noche estrellada y La escalera de Auvers. Peri Rossi con sus Musas Inquietantes pasea su mirada por diversas obras maestras de la pintura para –como dice Pere Gimferrer– “entrar en nuestras galerías interiores y que la mirada que ahí vemos, de esfinge o de gorgona, sea nuestra mirada”. 
 
Marilina Rébora en
Libro de Estampas (1972) posee una rica paleta descriptiva de las obras maestras de la pintura, y su palabra, colmada de imágenes cromáticas y lumínicas, está también preñada de emoción: dedica sonetos a La Porteña en el Templo de Monvoisin, Manuelita Rosas de Prilidiano Pueyrredon, Iglesia de Santo Domingo de Emeric Essex Vidal, Baile de Peinetones, litografía de César Hipólito Bacle, La Recoleta, litografía de Pellegrini; a la Virgen del Conejo del Tiziano, El Cristo de Velázquez, La Piedad de Avignon de Enguerrand Charonton, La Virgen del Cardenalino de Rafael, El Santísimo en las Sierras de Fray Guillermo Butler, El Cristo de la Sangre de Zuloaga, La Virgen del Unicornio de Schoengauer; y al Retrato de una Princesa de la Casa D’Este de Pisanello, La Venus de Lucas Cranach, La Encajera de Vermeer, La Venus de Botticelli, Retrato de viejo y nieto de Ghirlandaio, El cambista y su mujer de Quentin Metsys, y al Niño con un delfín de Verrocchio. Y dicho esto, queda señalado que no es una mera descripción objetiva la suya. Su sensibilidad halla por momentos sutiles formas de expresión, que trata de ajustar siempre a la exigente forma del soneto; belleza, siempre la belleza refinada; simple, pagana o mística, pero siempre belleza en un total florecimiento de color mágico:

    “En alto, la corona con ángeles en torno,
    que en un primer mirar parecen mariposas;
    pero, toda entre flores –primaveral retorno–
    se la llama ‘La Virgen de la Verja de Rosas’.
   

    Los ángeles se animan en marcado contorno;
    son músicos que adoptan actitudes graciosas,
    y, desde más arriba, sostienen un adorno,
    el mirar vigilante y expresiones curiosas.

    Otros, con manos juntas y gesto de plegaria,
    vénse detrás, en coro de acendrada armonía.
    Como absorta, la Virgen, parece solitaria,
    pese a que el Padre Eterno del cielo la sonría.
    Ambiente virginal que hasta en aroma abunda,
    pues la verja de rosas, de perfume lo inunda.”

    (La Virgen de la Verja de Rosas de Stephan Lochner, Libro de Estampas.)   

  La escultura también ha inspirado a numerosos poetas como Hölderlin, Rimbaud, Rilke, George, Yeats, sin dejar de mencionar el Laoköon de Lessing. ¡Recordemos además la descripción que hace Thomas de Bretagne de “La sala de las imágenes” en Tristán e Iseo, con la figura viviente de Isolda!

  Así como la pintura se plasma en poesía, la literatura puede ser la fuente de variadas obras pictóricas, cuyo máximo ejemplo está dado por la cantidad de temas bíblicos presentes en la plástica universal: El regreso de Judit de Botticelli; La prueba de Moisés de Giorgione; Adán y Eva de Durero, motivo recreado posteriormente por Tiziano y Rubens; La resurrección de Lázaro de Sebastiano del Piombo; La cena de Emmaús de Pontormo, tema luego pintado por Caravaggio; Judith y Holofernes, y José y la mujer de Putifar del Tintoretto; Moisés salvado de las aguas del Nilo del Veronés; El sueño de Jacob de José de Ribera; Rebeca y Eliecer de Murillo, y Betsabé de Rembrandt, entre otros. Aquí podríamos analizar otro punto: Biblia y poesía. Y, entre numerosos ejemplos, encontraríamos obras inéditas de Marilina Rébora entre las cuales se halla El Evangelio según San Lucas en verso. 
 
Existe también una estrecha relación entre la música y la pintura (1), entre la pintura y la música (2), aquella que relaciona la escultura con la música y la música con la escultura (3), y aun la ciencia y la poesía. Un ejemplo de esto último está dado por el muy interesante libro de Gustave Le Bon
L’ Evolution des Forces que seguramente haya inspirado “Los Pozos” de El Estanque de los Lotos  de Amado Nervo.

  En Caleidoscopio Artístico, Marilina Rébora se revela una vez más como una escritora original, de sabio poder de observación y de exquisita sensibilidad. Valgan para ello estas reflexiones:

  “ ‘Sin pan y sin trabajo’, de Ernesto de la Cárcova.
   ‘Le lever de la bonne’, de Eduardo Sívori.
   ‘La sopa de los pobres’, de Reinaldo Giúdici.
   Si hubiéramos sabido ver.”

  “Es una lástima que Federico de Montefeltre, Duque de Urbino, no usara anteojos. ¡Qué bien hubieran reposado en su nariz!”

   “Los ojos de ‘La encantadora de Serpientes’ del Aduanero Rousseau... ¿serán de cristal y ébano, como los del ‘Escriba sentado’?”

   “Nos aflige ‘La Venus de Milo’: se le escurre la pollera y no puede subírsela.”

   “La Catedral de Siena es la cebra de las catedrales: está adornada en mármol blanco y negro.”

  Estos cinco ejemplos ilustrativos sugieren la belleza y trasmiten un mensaje de fina sabiduría. Constituyen comparaciones hábilmente recreadas de estas reflexiones pictóricas y confidencias breves que renuevan la curiosidad, incitan a la crítica y proporcionan las pausas necesarias que favorecen la meditación.
  El poema dedicado a
Goya y España conmueve por su agudeza de observación y bien lograda atmósfera poética –asombroso decir, comunicativo, en verso–:

  “Delicado resulta escribir sobre Goya;
  a no ser que se tome aquel cuadro, una joya
  por entero entrañable a todo diletante
  (nadie hay que no la quiera, y, al verla, no se encante):

  la tierna morbidez de ‘La Maja Desnuda’
  libera a quien la mira de la más leve duda;
  y, al tiempo, el sortilegio de ‘La Maja Vestida’
  irrumpe y permanece a través de la vida.

  Goya nació en España -ciudad Fuente de todos-
  y, tomándole el nombre, se hizo fuente en cien modos
  en cuanto a la pintura: método y expresión;
  temas y colorido; norma y realización;
  que, a sucesos históricos, aguafuertes, paisajes,
  se unieron los retratos de nobles personajes;
  y corridas de toros, escenas religiosas,
  se mezclaron con épocas sombrías, espantosas.

  El cartón ‘El Pelele’ y aquel de ‘La Vendimia’
  -lo mismo que otros muchos- son de su mano eximia.
  (Los diseños ideados fueron para tapices:
  maestro en el dibujo, maestro en los matices.)
  Cada cartón nació donairoso y prolijo,
  antes que aquel ‘Saturno devorando a su hijo’.

   Con Carlos Cuarto, el Rey, y su familia entera
  se muestra su genio de distinta manera;
  mas vuelve al pesimismo con ‘Los Fusilamientos
  del 3 de mayo’. (Días de triste guerra, cruentos:
  Guerra de Independencia contra el novel tirano;
  el 2 de mayo, juntos, hermano con hermano.)

  Qué disimilitud entre unos personajes:
  azul, púrpura, plata -y oro también- sus trajes,
  y, otros, ante la muerte, en noche de terror,
  todos, sombra macabra -sin contar el blancor
  de la blusa del mártir (los brazos levantados;
  ojos, por la pavura, fijos, desmesurados)-,
  mientras los ya caídos son un borbotón rojo:
  ¡la sangre derramada, del déspota, al antojo!

  La serie ‘Los Caprichos’, grabados humorísticos;
  ‘Desastres de la Guerra’, trágicos, pero artísticos.

  Aunque el color en Goya es siempre deslumbrante
  y Velázquez y Rembrandt son su éxtasis constante.

  La vida del pintor -en su primera parte-
  difiere abiertamente de la segunda, en arte.
  Diferencia en resalto, al perder el oído,
  y ante el haz de la guerra, por lo tanto sufrido.
  Al encontrarse sordo, aquella época negra
  se acentúa más lúgubre. Nada, entonces, la alegra.
  A la noche del mundo, escéptico, se aferra,
  y, no estando ni el Rey, quiere irse de su tierra.

  Será, pues, a Burdeos, donde hay otros amigos.
  Pero siempre está España detrás de sus postigos.

  Vuelve al terruño: -¡Quién a Zaragoza olvida!-,
  sintiendo que renace nuevamente a la vida.

  Mas se exilia otra vez y va quedando ciego.
  Carlos Cuarto se acerca con María Luisa, luego...
  también ‘El Cacharrero’ con ‘La gallina ciega’
  (ahora oye su voz, parece hasta que juega...)
  En alto viene ‘El Cristo’: El es, está en la Cruz,
  pero aun lo abandonan el color y la luz...

  El alma a Zaragoza -aunque sus pies en Francia-
  vuela, para aspirar, de espigas, la fragancia;
  a navegar el Ebro -aurífera carrera-,
  entre el iris del arco y antigua primavera.
  Desea que Castilla la Nueva, con la Vieja,
  se le muestren así, siempre como en pareja;
  que, hacia el mar, estirándose, perezosa, La Mancha,
  le brinde su llanura que verdece y se ensancha;
  que la Torre del Oro, lo vuelque en la mañana,
  sobre el Guadalquivir (¡en tierra sevillana!);
  que el soplo de los vientos de la recia Galicia
  vivifique su frente -refrescante caricia-.

  Al fin -lejano intento- retoma su lugar
  cerca del Rey, donde él prefiriera quedar:
  detrás de la familia, al claror del ocaso,
  su pincel irreal en histórico trazo...
  Un rayo de luz cuela -se penetra en la Historia-:
  Goya y España son el Arte más la Gloria.”          

   Marilina Rébora, que tenía importantes conocimientos pictóricos, hace suyas, a través de este libro, las palabras de Leonardo: “la pintura es la poesía de los ojos”. En estas reflexiones poéticas, el uso, la fuerza y la excelencia del lenguaje devienen en claras, completas y acabadas imágenes de belleza y fondo, y el lector da paso al espectador, como dijera Warton en referencia a un ensayo referido a Pope.
   Al confesarse el poeta se evade,  se alivia, tal vez se salve. Es necesaria la comunicación con otros espíritus; “hay que abrir las ventanas del alma para ahuyentar las sombras y recibir nueva luz”. Oyéndote –por tu piadosa humildad y delicado lirismo– uno prefiere callar, conmovido.

 

Notas Bibliográficas

(1) Recuérdese Cuadros de una exposición de Modesto Mussorgsky. Los pintores aparecen en la ópera o sus creaciones son fuente de variadas composiciones: El Bosco en Amahl y los visitantes nocturnos de Gian-Carlo Menotti, Goya en Goyescas de Granados y en óperas de Barbieri, Menotti y Prodromidis, Grünewald en Matías el pintor de Paul Hindemith, Hogarth en La carrera del libertino de Stravinsky, y Leonardo en Mona Lisa de von Schillings. Otros pintores o pinturas que recrea el arte lírico incluyen a Durero, Fragonard, Gauguin, Miguel Angel, Rembrandt, Riemenschneider, Rubens, Salvator Rosa, Andrea del Sarto, Karel Skreta, Van Dyck, Van Gogh y Velázquez.

(2) Diversas creaciones pictóricas presentan temas musicales: Cristo glorificado en la corte celestial de Fra Angelico, El concierto campestre de Giorgione, Orfeo y Eurídice de Poussin, David tocando el arpa delante de Saúl de Rembrandt, La sala de música de Whistler, El padre de Degas escuchando al guitarrista Pagans de Degas, Alrededor de ella de Chagall y Los músicos de Nicolás de Staël.

(3) Escultura y música: Benvenuto Cellini, ópera de Héctor Berlioz y otras de Rossi, Schlosser, Lachner, Bozzano y Saint-Saëns (Ascanio). Existen óperas en torno de Miguel Angel. Música y escultura: quizá uno de sus mayores ejemplos esté constituido por La Danza de Carpeaux que se encuentra en la fachada de la Opera de París, aunque la obra original se halla en el Museo del Qu’ai d’Orsay. La ingenuidad y la “joie de vivre” desenfrenada de este grupo escultórico, violentamente criticado en su época, le distinguen de la gran mayoría de esculturas neobarrocas del siglo XIX. La obra de Carpeaux ejerció una influencia considerable sobre Rodin.

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